Capítulo 8, polos opuestos
Mantuvo su vista fija a su costado como queriendo
olvidarse de todo por completo. Llegó al punto de aislar hasta el sonido que
estaba a su alrededor y tan solo sentía o escuchaba su respiración baja a un
nivel de estar casi en reposo; es decir durmiendo. A ese nivel pudo llevarla y
no necesitaba ir a clases de yoga para poder llegar a controlar parte de su
cuerpo.
Solo tenía una cosa en su mente…Explicación. Y se la tendrían que
dar sí o sí, porque ahora estaba envuelta en algo que rallaba cualquier lógica.
Aquí las imposiciones o aceptación de las consecuencias o la herencia de los
padres y de su pasado; estaba muy lejos de incrustarlo a su vida, así como así.
Tener 22 años no significaba que se la sabía todas
y que era una chica prodigio con una sapiencia de 80 porque eso estaba a
cientos años luz de ocurrir.
Iba en busca de respuesta e iba a dar la pelea. Que
la sometieran como cualquier cosa solo podía pasar en los sueños más recónditos
de insensatos o locos de atar. ¡Con ella se podían ir al carajo! Ella no era
Tania con una mente terriblemente optimista y un encanto de
ángel. Eran opuestas en muchas formas, pero eran las mejores grandes
amigas.
En eso recordó que había quedado en pasar por su
casa y estaba lejos de poder cumplirle dadas las circunstancias. Extrajo el
móvil de su bolsillo y reviso hasta hallar el número de contacto. Envió un
mensaje que no fuera por WhatsApp porque no deseaba que la tía Lucía se
percatara en problemas por partida doble.
Apenas acabado de enviar el dichoso texto, reviso
un detalle más y volvió a guardar su aparato en su pantalón. Restando toda
importancia de que fuese o no observada.
Estaba al filo de la paciencia y tendría que
forzarse en aguantar un poco más si quería saber toda la verdad para luego,
mandarlas al carajo a quienes estuvieran involucrados con toda esa locura
sórdida.
Volvió a posar sus ojos sobre la ventanilla del
auto y dejo que sus pensamientos viajasen lejos de ahí; siendo libre como ella
no podía serlo en estos momentos.
—Estas muy callada — hablaron a su lado.
—Será que no deseo hablar — respondió secamente la
joven. — Y mucho menos contigo.
—Pues tendrás que hacerlo — señaló su acompañante.
— No estás en una posición muy privilegiada que digamos.
— ¿Por qué? —objetó la muchacha sin dejar de ver
por la ventanilla. — ¿Por qué lo dices tú?
—En parte — respondió la mujer.
—Me da igual — siseó la chica. — Ya te dije que me
importa un comino si eres una dominante y estás acostumbrada a que tu sequito
te ponga una alfombra a tus pies o que te eleven un altar. Conmigo no va
ocurrir.
— ¿Estás muy segura que no lo harás? — provocó
sensual la mujer.
—Como que me llamo Laura Tello — siseó ésta sin
alterarse un gramo. — Yo no soy como a las mujeres que estás acostumbrada a
tratar, Martina. Conmigo verás que tendrás que dejarme ir por las buenas… o.
— ¿O qué? —provocó Martina que le veía muy
divertida. — ¿Qué vas hacer contra mí? Dime chiquilla ¿qué tienes para darme?
¡Hay que decirlo! La provocación es una cosa, pero
el timbre burlón en la voz, irrita a cualquiera que se ponga en duda sus
capacidades y decisiones.
—Lo descubrirás por ti misma. — espetó Laura
apretando sus dientes mientras escupía las palabras. — No te pienses que soy la
copia fiel de mi madre. Si es que llegaste a conocerla como te pavoneas.
Descubrirás que somos muy opuestas y lo que para una es válido; para la otra
no.
—Me hace gracia oír todo ese parloteo de gallina
chillona que impones para alejar a los demás— Se burló sin compasión Martina
con una sonrisa cínica que asomaba en sus labios. — Sé nota niña inmadura que
poco y nada conoces a tu madre. Tendrías mucho que aprender de ella y para nada
me refiero a la temática sexual. Es un tema del cual yo no quiero hablar y tampoco
soy la indica para hacerte algunas confidencias. Esas tendrás que pedirla a la
fuente misma.
— ¡Claro que lo haré! ¿Qué te piensas que voy a
quedarme de brazos cruzados comulgando con todo lo que me dijiste? —Respondió
Laura volteando a verla con una mandíbula rígida del coraje. —Y si vuelves a
insultarme te juro que voy a dejarte el rostro como membrillo corcho ¿Me has
oído?
— ¿En serio? — Siseó Martina y se acercó demasiado
a la joven hasta casi pegar su rostro al de ella. — ¡Aquí lo tienes! ¡Cumple tu
amenaza!
Ambas manos se retrajeron en apretados nudos que al
instante se volvieron blancos de contener la energía y aunque su mirada era un
punto de ebullición. No dejaban de observar la profundidad de esos ojos verdes
con destellos dorados que les daban un aspecto a los ojos de un gato más que un
humano. Apretó los dientes al intentar contener al máximo su cólera. Pero fue
incapaz de seguir sosteniendo la mirada en esos ojos y terminó por bajar la
mirada y de inmediato giró su rostro hacia la ventanilla. Incapaz de responder…
—Jajaja — fue la sonora carcajada que se escuchó a
su lado.
— ¡Búrlate todo lo que quieras! —recriminó Laura
que le veía a través del cristal. — Al final terminaré siendo la que ría al
final.
— ¡Lo dudo mucho! — cuestionó Martina y posó su mano
sobre el costado del rostro de la joven y lo giró de un solo movimiento sin
emplear mucha fuerza que digamos. — Era tu gran oportunidad de hacer cuanto
quisieras y lo único que comprobé con todo esto; es que no tienes las agallas
que se necesitan para luchar por lo que crees sin importar las consecuencias.
Realmente no eres ni la sombra y tampoco le llegas a los talones a tu
madre. Eres un fraude en ese sentido y eso que te das aires de
superioridad con respecto a ella por su supuesta vida pasada.
— ¡Deja de lado a mi madre! —exigió Laura que
estaba al borde de…—El asunto no tiene que ver con ella ahora. Es conmigo.
—La única que la sacó a colación fuiste tú —
reprendió Martina con una sonrisa ladina. — Es tu error,
querida. Además, me recuerdas a los gatos dando palmetazos al agua
cuando caen en ella. Así de asustada estás tú y reaccionas de ese modo todo
porque te sientes acorralada.
—No necesito que me auscultes — objetó Laura.
—No intento hacerlo — repuso Martina y acercando
nuevamente su rostro al de la joven, le observó tan profundamente y añadió. —
Pero tu comportamiento es como un libro abierto para mí. Eres muy predecible.
Algo un poco simplón que digamos.
Eso fue la gota que rebasó el vaso y sacó todo el
amor propio de la joven Tello y la fulminó con la mirada. Sentía hervir la
sangre con esa mujer. La llevaba a más allá de sus capacidades.
—Entonces ¿por qué Miércale te metiste conmigo? Si
soy tan patética como dices — bramó fuera de sí Laura la empujó bruscamente
haciendo que la pelirroja chocará contra el respaldo del asiento por el
empellón. — ¡Debiste fijarte en otra tipa que satisficiera tus aptitos
carnales! Nunca tendrías que haberte fijado en mí y no tendría que estar
soportando toda esta humillación. ¿Quién mierda te crees?
Aquellos ojos verdes se dilataron mucho ante la
reacción de la joven y al sopesar las cosas, se empequeñecieron un tanto al
contemplar unos segundos. Se acomodó correctamente en el asiento y revisó sus
manos; ambas. Y entre las observaba detenidamente, habló…
—Muchas veces nos topamos con cosas que no buscamos
realmente. Pero que simplemente son puestas en nuestro camino y tomamos una
decisión para bien o mal. — dijo Martina viendo seriamente a la joven. —No
podemos volver y dar marcha atrás. ¡Lo hecho ya está consumado! No hay forma
remediarlo, solo asumirlo y superarlo. Nuestro encuentro se trazó ese día y a
pesar de estar a punto de desistir a esa reunión de amigas, algo sucedió en mí
que decidí ir a un en contra de lo que presentía. Aun así, fui y acabé por
conocerte y terminé liándome contigo.
—Lo haces parecer como si fuese tu ruina; cuando tú
has sido la mía desde que te conocí — reprochó Laura conteniendo al máximo su
sentir. — ¿Por qué simplemente no dejaste que me fuera esa noche con mis
primos? ¿Por qué decidiste darte un gustito conmigo y ahora hablas como si yo
fuera tu maldición?
— ¡Cálmate! — exigió Martina que se percató de un
hecho.
— ¿Qué me calme? ¿Es broma? —preguntó pasmada Laura
al borde de una crisis. — ¿cómo crees que me siento cuando terminé teniendo
sexo contigo en mi primera vez? Y ahora, te resulto patética entre otras cosas
más. ¡Eres una desgraciada de lo peor!
Cada palabra fue dicha con tal pasión, pero de
enojo, pena y frustración que terminó por superarla y las lágrimas comenzaron a
fluir por sus mejillas sin ser contenidas más.
— ¡Laura! — susurró Martina que intentó acercarse a
ella.
— ¡No me toques! — rabió Laura, rechazando esa mano
bruscamente y viéndola con dolor. — no tenías derecho a quitarme la ilusión de
sentirme amada por alguien a quién le importará. No tú, que andas por la vida
solo teniendo sexo sin importarte nada más.
Una vez más, la mano paso rápidamente entre un
costado de su rostro y se posó detrás de su nuca para arrastrar hacia así. De
paso acercó su rostro pálido al de la muchacha y sin dejar de verla a los ojos,
acabó por cubrir sus labios con los de ella.
Un segundo, dos, tres, cuatro y más segundos
transcurrieron en que ese acto se convirtió en un beso tan suave, tan calmo y
tan demandante. ¡Quizás fue sorpresivo! En un comienzo, pero luego terminó
siendo aceptado y fue correspondido.
Para haber sido dado por una mujer con experiencia,
fue demasiado suave, sin premuras y sin tantas exigencias. Tan solo se volvió
dulce por así decirlo, y a la vez, confortante.
Parecía que con ese besó y su dulzura quisiera
calmar a la muchacha. Brindándole un momento agradable y que pudiera disfrutar
lo que más pudiera.
Un beso que fue extendiéndose en el tiempo y fue
derribando barreras y prejuicios y tan solo se entregó sin mayor objeción.
Al cabo de unos segundos más, la pelirroja separó
sus labios de la joven y abrió sus ojos para observar aquellos almendrados que
le veían fijamente al posar sus frentes la una con la otra.
— ¿Por qué? — fue el susurró en pregunta que hizo
Laura.
—Me gustas chiquilla — respondió calmadamente— Y
mucho.
No hubo respuesta de la contra parte, porque
nuevamente sus labios fueron capturados por la pelirroja sellando con ese beso
su sentir.
Un beso que no dejaba lugar a dudas y que seguiría
mucho más allá del tiempo o lapso que permanecerían en se automóvil.
Mientras que aquella se desarrollaba en el viaje
camino a las afueras de Viña del Mar, lejos y más en el interior, una joven
trigueña se paseaba como gato enjaulado.
No dejaba de ver la pantalla de su celular y releía
una y otra vez el mensaje
«No podré ir, me topé con Martina y mi día no se ve
auspicioso. Trata de calmarte, yo estaré bien. Una vez que me desocupe, te
llamo. No digas nada a nadie y menos a mi mamá. Te quiero Tani, cuídate»
— ¡Uf! ¿Esto no puede estar pasando? — se preguntó
y se dijo así misma Tania, colocando sus manos sobre su rostro. — sabía que se
podía topar con ella y aun así no me escuchó. ¿Pero qué más da?
Rascó su cabeza ante la preocupación y en eso
sintió llegar el coche de su madre. Tomó el celular y borró el mensaje en tres
tiempos y se dispuso hacer cualquier cosa por sí su madre entraba a su cuarto.
Eso no sucedió. Pasaron unos 20 a 25 en que escuchó pasos en la planta baja y
momentos más tarde se percató que su madre estaba en compañía de otra persona
porque había movimientos en la cocina. Quiso prestarle atención, pero no
consiguió escuchar mucho; por lo que decidió revisar unos apuntes de la
universidad que le envió una compañera para preparar su tesis.
Volverían a pasar unos minutos más, cuando sintió
unos golpes en su puerta…
—Pasa mamá — indicó Tania intuyendo que sería su
madre.
—No, quiero que bajes — respondió Lucía sin entrar.
— Hay una persona que quiere verte.
— ¿Quién? — preguntó en el acto Tania.
—No te lo diré, quiero que bajes de inmediato —
exigió su madre. — Te espero en dos minutos abajo. Por favor, no me hagas
volver a subir.
¡Cáspita! Eso era duro en la voz de su madre y bien
lo sabía Tania que presintió que podía ser seria la cosa. Así que semi ordenó
todo. Le echó un vistazo a su vestimenta y se percató que tenía dos botones de
su blusa abierto sin haberse dado cuenta antes. Los abotonó y sacudió un poco
su cuello y se aprestó en salir.
Al instante de salir de su cuarto; le llegó un olor
a cigarros que era inusual para los códigos de la casa y la dejo pensando que
debía tratarse de algo fuera de lo común para que se le permitiera a alguien
fumar en casa.
Hay veces que el sexto sentido nos previene de
algún suceso que nos pudiera ocurrir porque al toque, los bellos en los brazos
de la joven Briceño se erizaron y la temperatura le bajo un par de grados.
Dejando perpleja a la muchacha.
«Aquí hay algo que está mal» meditó en lo profundo
de su cabecita que le daba tic de que se preparase para algo fuerte.
Sacudió sus manos sobre sus brazos para quitar esa
sensación desagradable mientras bajaba el último peldaño. Caminó unos pasos
para doblar a la derecha y quedar frente a la sala de estar y una puerta a modo
de mampara que dividía la sala del resto de la casa.
Al momento de entrar vio a su madre levantar su
cabeza justo cuando ella entraba, le indicó que se situará enfrente en uno de
los sillones pequeños.
—Te estábamos esperando — señaló su madre con un
timbre secó en su voz.
— ¿Estaban? — preguntó Tania mientras se acomodaba
en el sillón. — ¿con quién estás mamá?
—Conmigo — replicó una voz al costado izquierdo en
dónde se encontraba el bar y que en ese preciso momento apagaba su cigarrillo.
Instintivamente ladeó su cabeza para ver de quién
se trataba, aunque eso estaba de más. Conocía ese timbre de voz aún con los
ojos cerrados y fue aquí que entendió toda esa advertencia corporal que se
volvió una premonición de problemas.
Decir que una corriente eléctrica la golpeó en
diferentes escalas fue poco, ya las manos le tiritaban como coctelera y su tic
nervioso la delató en muy poco tiempo. Sus ojos parpadeaban tantas veces al
igual que lo hace una plumilla limpiando un parabrisas de la lluvia. Así se
encontraba la joven. Con un ataque de nervio atroz. Hasta el borde de sus
labios le temblaban y por más que puso su mano un par de veces para no ponerse
más en evidencia, terminó haciendo todo lo contrario. Solo consiguió una
sonrisa torcida en los labios de la su contra parte.
—Veo que te impresionó mi visita, Tania — se burló
aquella mujer que no era otra que su jefa, dejando su colilla en el cenicero.
Tania se abstuvo de hablar por primera vez y es que
debía cuidarse mucho estando su madre ahí mismo. Por lo que optó solo por baja
la vista unos segundos.
—No sé porque esperaba que saludarás al menos, pues
creía en la buena educación que te ha dado tu madre. — amonestó directo al
grano Alexandra.
—No meta a mi madre en esto, señorita Mirelles —
defendió Tania un poco altiva, pero siendo cuidadosa. — Esta en su casa y si no
la saludé no fue por mal educada. La verdad no tenía ganas de verle.
— ¿Cuánta formalidad de tu parte chiquilla? —
enrostró Alexandra acercándose y tomando asiento enfrente de la joven. — Le
comentaba a tu madre que te habías tomados muchas confianzas conmigo y una de
ellas, justamente era el tutearme siendo yo tu superior. Ahora queda demostrado
que no exageré y no corresponde siendo tú mi subordinada.
— ¿A qué ha venido señorita Mirelles? — cuestionó
Tania.
— ¡Compórtate Tania! — ordenó de pronto Lucía que
preparaba un trago de vodka.
— ¡Pero mamá! — se quejó ésta.
—No hay peros aquí, hija — corrigió Lucia que bebió
el contenido de su vaso. — Alexandra tiene razón, has cruzado muchos límites ya
en el trabajo y no puedo pretender hacer la vista gorda. Soy una de las
administradoras y debo ser imparcial en asuntos de trabajos y tú estás
colocándome en una situación muy difícil.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó con angustia Tania
que no esperaba esa reacción de su madre.
—Yo te voy aclarar la situación en que dejas a tu
madre. — intervino Alexandra cruzándose de piernas y viéndola seriamente. — En
el hotel tan solo eres una practicante más con la única conexión que es Lucía,
tu madre. Al momento de solicitar práctica en mi área de trabajo, la
administradora asumió todas las consecuencias que implica trabajar directamente
conmigo. Ella sabía que no podías cometer errores conmigo y tú, te excediste
más de la cuenta al hacer abandonó de tus obligaciones y escudarte en tu madre
para faltar sin razón lógica al trabajo. No soy de las personas que acepta una
ausencia laboral sin un parte médico o una causa mayor, que en tu caso no
existe y la obligaste en tu inmadurez a cubrirte estúpidamente y su puesto de
trabajo está en estudio en este momento. ¿Entiendes ahora la gravedad de tus
actos?
Dicen que pasa la pelada quitando el alma de los
que tiene que llevarse para el otro mundo. Algo muy similar le aconteció a
Tania, que perdió calor, color, voz y un pálpito en su corazón le recordó que
era una diferencia entre ella y el mundo de los muertos.
El silencio se hizo cruento y letal para la joven
Briceño, por más que buscaba mentalmente una respuesta adecuada para ayudar a
su madre por obligarla a vivir esa situación tan penosa.
Solo una cosa le quedaba…
— ¿Qué deseas entonces? — preguntó Tania bajando su
animosidad para con su jefa y mostrándose más humilde.
—Me complace oírte decirlo por tus propios labios.
— expuso Alexandra, que le causó una muy grata actitud ver rebajarse a la chica
y ser sumisa a sus observaciones. — El que seas más humilde es música para mis
oídos y siendo bien honesta, he venido al igual que la montaña descendió a
Mahoma. Del mismo modo he venido a buscarte para que salgas de tu ratonera en
que te escondes; dando la cara y respondas el motivo porque has faltado a tus
obligaciones en el trabajo.
— ¿Es enserio? —cuestionó Tania que no podía
creerlo.
—Muy enserio — respondió tajantemente Alexandra. —
de tu respuesta depende que tu madre continúe trabajando como administradora,
sin que yo tenga que pedirle un sumario a la junta.
— ¿Por qué harías eso? — insistió Tania con su
pregunta. — Eres solo su compañera de trabajo como para tomarte una atribución
que no te compete. Además, mi madre no ha hecho nada malo, la que está en falta
soy yo. No tienes que tomar represalias con ella, solo te bastaría que me botes
del trabajo y asunto resuelto para ti. Era lo que estabas buscando desde un
principio y te estoy dando los argumentos que tanto deseabas.
—Por lo visto, la juventud te hace ver la vida muy
errada — Refutó en el acto Alexandra. — Fue tu madre la que cayó en falta al no
presentar los documentos que ameritaban tu distanciamiento. Mantuvo tu planilla
para pago tal cual hubieses ido y eso es un abuso de confianza. ¿Comprendes
ahora a lo que obligaste hacer a tu madre?
—Me doy cuenta. — contestó Tania. — Pero es
insignificante, el pago de lo que dices si tan solo soy una pasante a la que no
le pagas una cifra invaluable. Solo cubre mis pasajes. Y si tanto quieres,
anula esa planilla para quedes conforme y dejes tranquila a mi madre. Por mi
parte te presentaré mi renuncia.
—No funciona así — objetó Alexandra. — Hay normas
que se deben cumplir y Lucía debe asumirlo.
— ¿Por qué te ensañas con ella? — cuestionó Tania.
— Insisto que tu problema es conmigo. No deberías tener tanta facultad para
perjudicar a otros compañeros de trabajo.
—Me asiste la facultad, niñita — defendió Alexandra
y viendo a Lucia, agregó. — Tengo más poder del que puedes imaginar, pero. No
he venido en ese plan. Tan solo vine por ti.
—Entonces ¿Qué quieres de mí? — indagó Tania. —y dejes
libres a mi mamá de tu extorsión.
—Deberías bajar tus humos niña— objetó Alexandra. —
Te recuerdo que «la humildad» es una cualidad que yo aprecio muchísimo, tú me
entiendes a lo que me refiero.
—Lo sé, ahora ya lo sé — respondió Tania bajando la
mirada y admitió. — Aprendí mi lección.
— ¡Excelente! Así me gusta, las cosas muy claritas
entre las dos. — puntualizó Alexandra. — No obstante, quiero darte la chance de
que delante de tu madre, digas el motivo de tu ausencia y así, analicemos una
solución.
Un temblor de mediana intensidad sacudió el cuerpo
y corazón de la joven Briceño que sintió ansiedad y nervios de exponer detalles
escabrosos.
—No me obligues hacerlo frente a mi madre— se opuso
Tania en confesar.
— ¿Por qué no? — cuestionó Alexandra. — ¿Qué es lo
que no debe saber? Porque entiendo que estamos hablando de razones de
incapacidad laboral o ¿Es de otra índole?
La joven guardó silencio, no ideaba como sacarse de
encima aquella pregunta tan directa como indiscreta.
—Tania — demandó su madre.
—Dime — repuso ésta.
—Responde la pregunta — instó Lucía. — Hay cosas
mayores en juego.
—Está bien — aceptó Tania y viendo el enlozado del
piso, dijo. — La razón de mi ausencia es que no me sentía bien como trabajar.
No estaba en condiciones anímicas para desempeñar bien trabajo y no deseaba que
me vieran vulnerable.
Ahora fue el turno de Mirelles de observar a la
muchacha y juntando sus manos y entrelazándola algunas veces. Modo en que
sopesaba las cosas que le parecían de una mayor investigación.
—Si realmente te encontrabas de ese modo ¿por qué
no me llamaste directamente? — cuestionó Alexandra sin dejar de observarla. —
Se supone que soy tu jefa directa y tal como lo pidió tu madre, solo trabajas
para mí y es a mí, a quién únicamente debes dar cuenta.
—Porque me faltó valor — respondió Tania humillando
su orgullo juvenil.
— ¡Con que era eso! — exclamó en gracia Alexandra y
se levantó de su asiento viendo ahora directo a su madre. — Creo que ya está
resuelto este impasse entre nosotras Lucía. Será la última vez que traiciones
mi confianza eso sí.
—No volverá a suceder — afirmó avergonzada Lucía.
—Eso espero — repuso seca Alexandra y viendo ahora
a la joven, añadió. — En cuanto a ti, te presentas a mañana a primera hora en
el trabajo ¿de acuerdo?
— ¡Déjame renunciar! — solicitó Tania con cansancio
en su rostro. — O al menos, permite cambiar de área para continuar con mi
práctica.
— ¡Um! Buena estrategia — repuso en forma burlona
Alexandra. — Pero déjame responderte de este modo…No a la primera y No a la
segunda.
—Pero — protestó Tania. — Pensé que era lo que más
querías desde que me conociste.
—Lo fue en su momento, pero ya no. — se mofó Alexandra
levantando con soberbia su mentón. —Así como tu madre me impuso tu presencia.
Ahora yo me impongo contigo, y me permito recordarte de una buena vez quién
está al mando aquí y de por qué soy «tu jefa» ¿queda claro el mensaje señorita
Briceño?
—Muy claro — respondió con pesar Tania.
—Qué bueno que lo asumas — señaló Alexandra. —
porque de hecho tenemos una conversación pendiente entre las dos. Así que
Lucía, necesito que dejes que tu hija vaya conmigo unas horas. Prometo traerla
personalmente a casa.
A Lucía no le quedo de otra que aceptar ya que
estaba en un no buen pie con Mirelles y la tenía justo dónde quería. Por tanto,
solo asintió con la cabeza sin decir palabra alguna.
— ¡Sube a buscar una chaqueta! — demandó Alexandra
y cuando la joven se prestaba a salir de la sala, detuvo a la chica. —Sabes
qué, no hace falta que vayas.
—Pero — objeto Tania que veía la única oportunidad
de encerrarse en su habitación y no salir más.
—Te compraré una en el camino — señaló Alexandra
que de tonta no tenía un pelo e intuyó la jugada. — ¡Vayámonos de una vez!
—Como digas — respondió Tania y besando la mejilla
de su madre. —Nos vemos ma.
— ¡Cuídate! — suplicó Lucia, abrazando a su hija.
—Lo haré. — dijo Tania y pasó por el lado de su
jefa sin dejar de lanzar una mirada enojada.
Solo consiguió que la sonrisa se extendiera por el
rostro de la mujer y dejará que fuese la propia chica que abriese la puerta
para salir de esa casa.
Tal como esperaba no solo abrió la puerta sino la
reja y una vez, fuera le indicó dónde estaba su moto.
— ¡Colócate el casco! — ordenó sin contemplación
Alexandra.
— ¡Por favor! — Hizo hincapié en los modales de
educación Tania.
Pero…
—Sólo ponte ese casco — contra dijo Alexandra y
antes de colocarse el suyo, añadió — No me hagas repetirlo.
—Tenía el concepto de que eras de la que respetaba
normas de educación — criticó Tania sin ponerse el bendito casco.
—En tu caso no aplica — replicó Alexandra y se
acercó hasta colocar su rostro sobre el de la chica para agregar. —porque
eres mi esclava. ¿Lo recuerdas?
— ¡Bendita la hora en qué me dejé embrujar por ti!
— se lamentó Tania jugando con el broche del casco. — Y no soy tu esclava,
si no tu sumisa.
—No te lamentes por algo que tú misma buscaste —
reafirmó Alexandra con un ademán de superioridad en la comisura de sus
labios. — y para tu conocimiento de cultura general en el mundo del BDSM,
un sumiso es un esclavo de la dominante.
—Tenía la noción de que en tu mundo todo era
consensuado o ¿me equivoco? — intentó cuestionar el dominio de su jefa. — Jamás
pasa si la persona se opone o no tiene la preparación adecuada antes de aceptar
los términos de la dominante.
—Qué manera de acomodar las cosas a tu beneplácito
Briceño — objetó Alexandra. — Ya comienzas a sonar como una llorica y para
refrescarte la memoria. Fuiste tú la que pidió esta relación domino sumisión.
Te advertí reiteradamente que te mantuvieras alejada de mí y saltaste todas las
luces rojas que puse en tu camino; por lo tanto, ya es muy tarde para
lamentarse. Ahora ponte ese casco de una buena vez o me obligas a ejercer mi
derecho al dominio enfrente de tu casa y de tu madre ¡Dudo que quieras una
escenita como esa! ¿No es así?
¡Santo remedio! El casco fue puesto en menos de que
cante un gallo y con la cara hirviendo de la vergüenza. Lo que provocó una
sonora respuesta de parte de Mirelles que se colocó el suyo y montó su moto. A
los segundos sintió sobre su cintura unos brazos delgados que se asían de ella
para sostenerse.
Con un leve golpe, quitó el pedal y arrancó
rápidamente del condominio en cuestión. Salieron a una de las avenidas
principales y continuaron su trayecto hasta llegar a un centro comercial y
cerca de un pequeño local que era una boutique exclusiva estacionaron la
motocicleta. Mirelles arrastró a la joven hasta el local y le hizo comprarse
una casaca. El asunto no le tomó más que unos quince minutos exactos y
continuaron su viaje al otro extremo de la ciudad hasta llegar a un lugar
apartado que tenía todo el aspecto de un centro recreativo de esos que son de
colonias de inmigrantes y en este caso, eran alemanes y fueron recibidos de
inmediatos por un guardia que después de tomar sus nombres, les dejo pasar.
Descendieron en un sitio lleno de jardines y frente
a una pileta con diseños claramente europeos. También fueron recibidos por uno
de los administradores que le acomodó en un lugar más reservado.
— ¿Dónde me has traído? — preguntó Tania que no
reconocía el lugar. — ¿para qué?
—Tanto cuestionamiento no es propio de ti Briceño —
se burló Alexandra, acomodándose en una de las sillas. —Te sugiero que te
sientes, ya que no voy a conversar contigo estando de pie y menos con el
estómago vacío.
— ¿Y si no quiero comer? —cuestionó Tania que se
mantuvo de pie.
—No intentes agotar mi paciencia chiquilla — siseó
Alexandra. — ¡Siéntate!
No hubo que volver a repetir la orden ya que la
mirada que le lanzaron fue el mejor motivador para hacerlo.
— ¡Bien hecho! — Alabó cínicamente Alexandra. — Ahora
que estamos cómodas quiero que elijas del menú algo que sea de tu agrado (Al
ver acercarse al garzón)
— ¡Buenas tardes! — saludó el empleado. — ¿Qué
desean servirse señorita Mirelles?
—Lo mismo de siempre para mí — solicitó ésta y
viendo a la joven. — Y ella…
—Yo solo quiero una pizza si es que tienen — señaló
Tania.
—Nuestra casa tiene las mejores recetas de pizza
alemanas. — aclaró el garzón. — la pregunta es si la señorita la va a querer
con masa gruesa o fina.
—Fina — contestó Tania.
— ¿Algo para servirse? — preguntó el empleado.
—Un jugo natural — respondió la joven Briceño.
— ¿Sabor? —indagó el garzón.
—Frambuesa — repuso Tania.
—Con su permiso — dijo el garzón para retirarse y
ver el pedido.
Al momento en que el empleado desapareció de
escena, la trigueña quedo viendo a la joven con una de esas miradas intrigantes
en las que se suele cuestionar interiormente las cosas sin siquiera decirlas.
—Eres algo sana para tus cosas — expuso Alexandra
sin dejar de verla.
— ¿Insinúas algo? — saltó defensivamente Tania.
— ¡Ya relaja la vena! — señaló Alexandra. — no
estoy para jueguitos estúpidos. Si te traje conmigo es porque quiero que me
expliques por qué no acudiste a mí si te sentías tan vulnerable. Estaba claro
que no ibas a decirme delante de Lucía lo que sucedió aquella noche entre las
dos.
—No sucedió nada que tú no estés acostumbrada Alex
— respondió Tania. — solo me hiciste tu sumisa. Nada extraordinario para ti.
Pero muy distinto para mí.
— ¡Por favor! — protestó Mirelles. — Tampoco era
como que yo estaba loca por hacerte mi sumisa. Puse barreras entre nosotras
para que esto no ocurriese y, sin embargo, las franqueaste todas. ¡no puedes
culparme por aprovechar lo que se me brindaba en bandeja de plata!
—Puede que tengas razón — admitió Tania.
— ¿Puede? — cuestionó Alexandra.
Hubo una pausa antes de responder porque les fue
traído sus platillos y lógicamente esperaron que el empleado volviera a
retirarse para reanudar la conversación.
— ¿Y? — volvió a la carga Alexandra mientras
degustaba de su platillo.
—Tenías razón — asumió Tania viéndola seria.
— ¡Bravo! — exclamó sarcásticamente Alexandra. —
Ahora que está aclarado ese punto; puedes decirme por qué no llamaste.
—Ya te dije que me sentía vulnerable. —Respondió
Tania bebiendo su jugo para aclarar su garganta.
Alexandra la quedo viendo y dejo su tenedor sobre
el plato y entrelazó sus manos para luego, dirigirle la palabra a la muchacha.
— ¿Sabes cuáles son los deberes que asume un
dominante? —preguntó Mirelles.
—Desconozco eso y no sabía que tuvieran
«deberes»—comentó Tania. — Más bien creía que tenían solo derechos y esas
cosas.
— ¡Qué mal por ti! — reprochó Alexandra. — te
involucras en un mundo del cuál no sabes nada y asumes cosas que no son tan
ciertas como muchos suponen.
— ¡Ilústrame! —provocó Tania que le devolvió la
intensidad de la mirada. — Ya que estoy metida en esto y así pueda saber los
tics para no caer en desgracia contigo.
— ¡Chistosita! — objetó Alexandra y sin quitar sus
ojos miel de los negros de la joven, aclaró. — para que no olvides a futuro.
Las dominatrices tenemos deberes con nuestras sumisas y aparte de iniciarlas,
también es nuestra obligación protegerlas y velar en cuidados por algo que es un
acto consensuado por ambas partes. No es puro infringir dolor y señorío en la
relación. No pienses que el sado tiene que ser algo netamente vergonzoso para
el esclavo sino placentero, es el arte del erotismo. Es ir más de allá de lo
convencional en el sexo o coito como suelen denominarlo los más puritanos.
¿Entiendes?
—Supongo — dijo Tania. — No es muy consensuado
cuando haces que la otra persona suplique por algo que la otra no está
dispuesta a involucrarse.
—Si te refieres a lo sentimental como estás insinuando,
déjame recordarte que fui clara que no esperes amor de mi parte — aclaró
aplastantemente Alexandra. — Tan solo voy a darte lo que tu cuerpo pide, pero
no pidas que le entregue a una niña mi corazón porque eso no va a suceder. Eso
es para adolescentes y no para una mujer como yo.
—Si no estás dispuesta a dar más ¿por qué insistes
conmigo? — siseó Tania arriesgando más de la cuenta en esa pregunta. — ¿Cuál
sería la ganancia para ti en todo esto? Tú, que no estás dispuesta en
arriesgarte con una cría como lo dijiste esa noche. O ¿solo quieres
mi cuerpo por no sentir ya con mujeres afines a tu edad? Y al fin de cuentas,
te agrada el pasto tierno o ¿me equivoco Alex?
—En verdad tú no sabes cuándo detenerte — amonestó
ésta con la quijada tensa del coraje. — No conoces la prudencia.
—No — contestó de igual modo Tania. —Contigo no la
conoceré jamás. Porque sé que te gusto y puedo trastocar todos y cada uno de
tus cimientos y volverme parte esencial en tu vida. Y por eso te esfuerzas por
destruir mis ilusiones de la peor manera posible siendo despiadada con mi
corazón. Quieres poner a salvo el tuyo, porque sabes muy bien que alteré tus
argumentos en contra del amor porque ya existió una mujer que te lastimó y por
eso te escondes en este mundo tan retorcido en el que frecuentas; para sentir
que estás viva y no muerta como creías.
— ¡Suficiente! — masculló con enconó Alexandra,
golpeando la mesa con su puño. — No vuelvas a usar ese tratamiento conmigo
Briceño, porque no te voy a permitir que pases del límite. Eres mi sumisa y no
mi terapeuta personal. ¡Abócate a tu papel nada más!
—Te di una alternativa para ti de dejarme renunciar
— arriesgó a un más Tania porque sabía que podía presionar un poco más. — pero
no aceptaste mi trato. Y sabes también como yo que no existe la palabra
rendirme en mi vocabulario y mantengo mi promesa de esa noche.
— ¡No me desafíes Briceño! — amenazó Alexandra que
a duras penas se contenía.
—No importa cuán lastimada pueda salir contigo —
siseó cuidadosamente Tania y sus ojos negros se escurecieron a modo desafío. —
Voy a llevarme algo de ti conmigo y ya sabes qué…
Ambas manos se empuñaron al instante y esa mirada
miel parecía el mismo infierno ardiendo a un nivel desproporcionado y fuera de
control.
Dos chicas, dos mujeres y mundos distintos y
experiencias que contrastaban al igual que el este está del oeste.
1 comentario:
excelente capítulo, me encanta el realce de los personajes y su modo de ser.
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