Orquídea Sajona, Redención.
El trayecto se hizo largo y placentero para la hija menor de Anette, que estaba profundamente embelesada acariciando la mejilla de la joven Taffra. Tan absorta estaba que no se dio cuenta que estaba siendo observada por su hermana y prima, que estaban con tremendos ojos de sorpresa, pero como anonadas de ver que Francis, estuviese en una actitud tan distinta de lo que habían sido testigos del comportamiento de la joven
Claudine, al rato de pasar un poco su asombro, solo
se limitó en observar en silencios y luego, sopeso los hechos. No cabía duda
que su hermana, estaba siendo fiel y sincera por primera vez con su sentir.
Lo mismo sucedía con su prima Alexandra, que solo atinaba abrir sus labios y luego, cerrarlos y hacerlo repetidas veces. Es que jamás imaginó que su mejor amiga y prima pudiese involucrarse sentimentalmente con una mujer. Aunque había estado viendo el comportamiento de la joven Calguieri cambiar bruscamente desde la llegada de Sara. Pero de ahí, a suponer que ella sería el amor para su prima, era bastante distante de cualquier punto de vista. Francis, siempre dijo que tendría un guapo esposo y muchos hijos y que buscaría con lupa a ese semental. Ahora, les encontraba la razón a sus padres que en el plano del amor todo puede suceder, hasta lo más inverosímil.
─ ¿Cuántos quieres apostar que esas dos muy pronto serán pareja? ─ puntualizó Claudine muy cerca del oído de su prima para no ser oída.
─ Es sorprendente verlas de ese modo ─ concordó Alex, bajito a su prima. ─ Sin enfrentarse más. De seguro que todo esa no fue más que atracción entre ambas.
─ Así es. ─
acotó
Claudine. ─ Después de todo un Calguieri volvió a
quedarse con la chica.
─ Lo siento por mi hermano, pero no podrá contra Francis ─ refirió Alex. ─
Ella no le permitirá
quedarse con Sara.
─ Sin duda que no lo dejará ─ convino Claudine, meditando en algo particular. ─ Ahora entiendo sus palabras de la otra noche en
que había un tercer adversario en disputa por el corazón de Sara y por lo
visto, Francis, los advirtió por respeto, pero la subestimaron demasiado.
─ John es muy ciego en ese sentido ─ repuso Alex. ─
Su competencia siempre estuvo en casa y al igual que le sucedió a Charles, una
mujer de esta familia fue quién les arrebató a sus chicas. Aunque lejos estaban
de ser el amor de Raniel y Sara.
─ Es verdad. ─
afirmó
Claudine, viendo a su hermana. ─ La historia se
vuelve a repetir en esta familia. Estoy segura que Francis, irá con todo por
conseguir que Sara, acepte ser su novia. Puedo ver esa determinación en su
semblante y en la forma con que la mira. La considera suya y no dejará que
nadie se la quite.
─ Ni que lo digas, Claudine. ─ mencionó igual de convencida Alexandra. ─ Francis es mucho más territorial que Anabelle y verás que antes que canta
un gallo se quitó de encima a sus rivales presentándola oficialmente. Mi prima es
implacable en ese sentido, es y será muy posesiva con todo lo que es suyo.
─ Tú lo has dicho Alex ─
repuso Claudine. ─ Un Calguieri. Competitivo, obstinado y
territorial.
─ Pobre Sara, no sabe lo que le espera ─ soltó sin pensar Alexandra. ─ No tendrá respiro.
Ambas chicas se quedaron viendo entre sí y
sopesaron las últimas palabras y casi se les sale una sonora carcajada y se
taparon sus labios y sonreían a través de los ojos y se limitaron en seguir
observando a la nueva pareja, porque eso era para ellas.
Por su parte y lejos de tener conciencia de lo que
acaecía casi frente a sus narices. Francis, proseguía brindando muestras de
cariño hacia el objeto de adoración.
«No sé si este sea el mejor día que he tenido; ya
que debería decir que este fue cuando te conocí» Meditó en su interior Francis,
mientras la observaba y continuaba con sus caricias en la mejilla de Sara.
Dicen que una metamorfosis ocurrirá cuando un ser llega al punto de inflexión o topado fondo. Es la parte más frágil que puede haber en la existencia humana y cuando al fin aceptas los hechos y miras la paupérrima situación a la que has llegado. Se te presenta por última vez dos caminos a seguir vivir o morir. O seguir o quedarse en el confort de tus lamentos infinitos y dejar que el tiempo te sepulte. Por eso se llama metamorfosis, te envuelves en un capullo y gradualmente comienza a formarse en ti, la nueva esencia con que enfrentarás cada paso. Tomará un tiempo, pero resurgirás con tal potencia que muy difícilmente resultará detenerte.
Esta es la metamorfosis que ha surgido en Francis Calguieri desde la llegada de Sara Taffra a su vida. Una lucha, una resistencia enconada y un topar fondo con el encuentro con Frederick para surgir en la nueva Orquídea Sajona. Una potenciada flor que muestra su verdadero brillo tras los rayos que solo el amor sincero puede despertar y hacer florecer.
─ Es mi turno de hacer lo correcto ─ aceptó dentro de sí, Francis. ─ Debo enmendar mis actos y sólo así, conseguir el honor
de poder ser dueña
de tu corazón.
El paso ya estaba casi dado. La aceptación al fin
se consumó dentro del corazón de la menor de los Calguieri y era hora de
comenzar a dar los otros pasos necesarios y así, tomar la última y
trascendental decisión.
Mientras la luz se abría paso en el corazón como en
la mente de la hija menor de Anette. El automóvil ya estaba próximo en llegar a
las dependencias del castillo y pronto comenzaron a surgir los barrotes y muros
de la propiedad del Ducado de Calguieri.
Por su parte, la otra protagonista de esta historia
se hallaba plácidamente dormida al costado de la joven, quién menos imaginaba y
su brazo la envolvía como si fuese algo tan suave y delicado, que ese gesto
provocó inconscientemente que su cuerpo se apegará aún más al cálido de la
muchacha. ¡Si supiese que estaba en brazos de su tormento! Tal vez, lo
aprovecharía o quizás por temor, no. ¿Quién sabe?
Tomó 10 minutos exactos desde que el coche ingresó
a los portones custodiados de la mansión hasta arribar frente a las puertas del
palacio.
Comenzaron todos a descender de los vehículos,
siendo atendidos por sus respectivos choferes, que les abrían las puertas y
cuando fue el turno del coche de la antigua Duquesa…
─ Sara ─
llamó
con delicadeza Francis para no despertarla bruscamente y al no tener respuesta
enseguida, con su mano libre procedió a rozar su hombro y frotar en ella.
Aquello si obtuvo la respuesta de la joven Taffra,
que despacio abrió sus ojos y tuvo que parpadear varias veces para asegurarse
que lo que veían sus ojos eran verdaderos.
Frente a ellas estaban posados aquellos azules que
le derretían no solo el corazón, sino que la dejaban idiotizada por decirlo de
algún modo.
─ Siento despertarte, pero ya hemos llegado a casa ─ mencionó dulcemente Francis, sonrió tímidamente.
Bastó con eso, para que Sara, se percatara que
estaba en brazos de Francis y le resultó vergonzoso descubrir que se quedó
dormida de ese modo justamente con ella. No supo cómo fue que se apartó de su
lado movida por la vergüenza.
─ Discúlpame por quedarme dormida en tus
brazos ─ murmuró con dificultad Sara, con las mejillas
teñidas
de escarlata.
─ Descuida. Debe ser producto del cansancio y del
extenuante viaje que has hecho ─ justificó Francis.
─ ¡Um! ─
exclamó
algo confundida Sara al momento de bajarse. ─
De todos modos perdona que haya abusado de ese modo, prometo que no se volverá a repetir. Lo siento
mucho.
─ Sara, no tienes por qué disculparte ya te lo dije ─ refutó pacientemente Francis y para asegurar
sus palabras, le obsequió
una amplia sonrisa, cálida
y genuina. ─ No me ha molestado por el contrario
fue reconfortante velar tus sueños.
Eso sí que no se lo esperaba Sara y sus mejillas
parecían arder más, puesto que esa no era la típica actitud que esperaba
encontrar de parte de la joven y los nervios hicieron presa de la muchacha y es
que ya no sabía que esperar o cómo proceder con ella.
─ Como sea, por favor, perdona ─ insistió Sara y se escabulló en forma más que rauda del lado
de la joven Calguieri, dejándola con la mirada perdida en ella.
Francis, solo se limitó en observarla perderse por
la entrada tan a prisa como si su vida estuviese en riesgo y fue el turno de la
menor, de agachar la cabeza avergonzada por tomar conciencia que su antigua
conducta aún traía consecuencia y el panorama se mostraba adverso aún para
ella, por mucho que deseó hablar con la chica a solas y le iba a proponer que
pudiesen hablar en privado un momento. No obstante, tuvo que conformarse con
verla desaparecer y dejarla con su corazón contraído.
─ Soy yo la que siente todo esto, Sara ─ susurró Francis y avanzó hacia el interior
del palacio.
Ninguna de las dos se volvería a ver hasta un buen
rato hasta que fuesen llamadas a tomar una pequeña merienda en la terraza
principal. Trataban de analizar todo lo sucedido en el día de hoy y sopesar lo
ocurrido en el coche. Definitivamente estaban inmersas en sus cavilaciones y
angustias lógicamente expresadas por la constante voz de sus corazones.
El lapso de tiempo les dio la oportunidad de darse
un baño y cambiar de atuendos para la cena. Se vistieron con ropas cómodas para
la ocasión. En el caso de Sara, una mini y un suéter y sus cabellos húmedos los
acomodó en un prendedor. Por su parte, Francis, escogió un pantalón de
gabardina negro, una blusa blanca de manga tres cuartos y cubrió su cuerpo con
una mantilla color marfil. Su melena la dispuso en un moño cola de caballo y
aplicó un breve maquillaje.
Uno a uno, fueron llegando hasta el lugar en que
los sirvientes habían dispuesto una ligera cena para toda la familia y hablamos
de todos los miembros, incluyendo a John que se integraba a los demás, después
de haber asistido a un partido cricket en las afueras de Londres por parte de
unos socios de su empresa.
No podemos decir que son coincidencias o verdaderas
jugarretas del destino, pero Anette con astucia dispuso que su hija menor
quedara frente a su invitada y permitir que la telaraña del amor hiciera su
trabajo.
Tanto Sara como Francis, se quedaron viendo unos
instantes y se saludaron con un movimiento de cabeza nada más, pues no sabían
cómo proceder en ese momento. Eso sí, ninguna de las dos dejaba de observarse
con cautela sin levantar sospechas.
Sara, cada vez que la veía a los ojos, no podía de
dejar de pensar en el encuentro de la joven con su ex y eso le restaba fuerza e
hería su ser interior, mermando un poco más su confianza como sus sueños.
A su vez, Francis, guardaba silencio y pero veía de
distinto modo el escenario, a pesar de estar consciente del reflejo de tristeza
que percibía en aquellos ojos grises. Estaba segura que sus acciones de la
tarde le jugaban en contra y sin embargo, tenía más esperanzas y miraba con más
optimismo el futuro.
Buscaría el modo de hacer que la joven Taffra le
concediese un tiempo a solas y poder explicar su situación. Pondría todas sus
cartas en la mesa y haría que le permitiese expresar lo estaba guardado
profundamente en su interior.
Al mismo tiempo en que ambas permanecían sumergidas
en sus pensamientos y proyectos. Un tercer y hábil jugador arriesgó el todo por
el todo. Hizo señas a unos de los sirvientes y cuando le trajeron lo que
solicitó. Se puso de pie y pidió la atención de toda la familia y presentes.
─ Familia, tíos, primos, familia Larson ─ comenzó por decir a John, que, con una hoja en
forma de papiro en sus manos, continuó hablando y esta vez viendo
directamente a los ojos de una bella joven, añadió. ─
Y, por último,
a ti, Sara. Mi musa, mi inspiración y la flor más bella que he podido
contemplar en esta corta vida, quiero dedicarte lo siguiente:
«Desde tu llegada, se han abierto mis ojos a un
mundo que creía alejado a mi fortuna, que, sin embargo, anhelaba y ambicionaba
mi alma y mi ser entero. Cada instante en que logro toparme con tus luceros
pones luz a mi vida y llenas con ella, lo más recóndito de mi ser interior. Uno
a uno se ha ido derrumbando ideas abstractas de lo que creía un rumor, un
ensueño, un clamor de miles de poetas, pero que no pueden siquiera expresar lo
que hoy refleja mi corazón desde que tú has asomado en la lejanía. Son nuevos
vientos, cambios agradables, llenos de esperanza y alicientes motivadores para
plantearme un futuro exitoso, lleno de sueños, ambiciones y de seguro con
alegrías que estoy seguro que sólo tú puedes proveer, porque eres la más bella,
delicada y extraordinaria flor que mis ojos han visto y por la cual estoy
dispuesto a dar la vida con un solo suspiro que emane de tus labios y me
entreguen la corona más preciada que se alberga en un corazón, tan bello e
invaluable como el tuyo, porque sólo tú puedes despertar a otro corazón para
entregarse a una danza simbiótica y al son de una sola voz que es y será el
Amor»
─ Querida Sara, es algo que solo tú has despertado en mí
y quería obsequiártelo frente a mi familia y la tuya, es decir los de Raniel,
que estoy seguro que es como la tuya. ─
expresó
en forma caballerosa y galante, John. ─
Espero sea de tu agrado y además (viendo al sirviente que le entrego un hermoso
bouquet de tres rosas blancas) quiero expresarlo, además, del lenguaje que solo
una mujer puede apreciar y comprender. Son para ti, mi hermosa y dulce, Sara.
¿Qué se puede decir? La vida tiene sorpresas y de
las más grandes. Dejando o provocando el estupor, mortificación, dudas, miedos,
angustias y la peor de todas…La rabia. Porque todas y cada una de esas
emociones fueron las que expresaron los presentes: miedos en sus hermanas,
angustias en sus primas, dudas en Raniel, estupor en su tía y en la familia Larson,
sorpresa en sus padres y…las últimas dos expresadas en; Rabia aflorada en la
retina de aquellos ojos azules y la mortificación infinita crucificada en el
pecho de quién iban dirigidas esas palabras.
¿Pueden culpar a un ser expresar lo más hermoso
anidado en su corazón? Sin duda que no, pero como es bien sabido, no todo amor
puede ser correspondido en la misma medida y darte cuenta de ello, será lo más
doloroso que deberás enfrentar.
El joven Brigston, lejos estaba siquiera de
dilucidar aquel enigma con el que muy pronto se agolpearía sobre él. Porque
difícilmente se puede hacer un tercio y eso está fuera de toda opción,
simplemente es descartable en primera instancia.
Sara, palideció tanto producto de aquel gesto y la
insinuación claramente hecha por parte del joven Brigston. Nada podía hacer
para cambiar los hechos y por más que intentó poner una barrera entre los dos,
fue infructuosa y aunque nunca le dio esperanzas, se notaba que él abrigó
aquellas en base a sus propias impresiones. Se debe cuidar mucho lo que decir y
el proceder frente a una persona que puede llegar a crearse tantas expectativas
y salirse de control, si no se toma conciencia.
Ahora sí, que las tenía difícil Sara. Si no pensaba
rápidamente y con seguridad todo aquello terminaría por explotarle en la cara,
pues sabía que jamás podría corresponder los sentimientos de John, porque ella
no lo amaba y nunca le gusto tampoco. Así que, debía resolver cuanto antes de
lo contrario se acrecentarían las dificultades para ella y ya bastante tenía
con los sentimientos que tenía para con Francis como para buscarse más
problemas.
─ ¿Sara es de tu agrado todo esto? ─ preguntó ansioso John, porque se estaba jugando
casi la vida.
No era una sola mirada, la que se cernía sobre la
joven Taffra sino todas las miradas estaban clavadas en ella, en especial
aquellos ojos azules que estaban frente suyo y la miraban con tanta ansiedad y
angustia, que por un momento creyó que le suplicaban que no lo hiciese, como si
le dijeran que no aceptará aquello. Un nudo se le formó en la garganta al
sentir ese sentimiento expresado en la mirada de Francis, que le dejo con su
corazón apretujado dentro de su pecho y por primera vez, quiso o anhelaba
preguntarle ¿por qué? Cuando ella, había estado a gusto con su antiguo amor,
porque se atrevía suplicar que no aceptase los sentimientos de aquel muchacho
que siempre actuó honestamente a diferencia de ella.
Un minuto y toda una vida, una sola decisión tan
relevante y compleja a la vez. ¿Cómo rechazar adecuadamente un amor sin herir
más de la cuenta?
─ John, sin duda que es muy hermoso todo esto, esas
palabras y estas rosas. Son un detalle tan delicado de tu parte ─ confesó sinceramente Sara y con la vista fija
en él,
prosiguió.
─ Y me honras con todo ello, en verdad
lo digo. Pero, yo no puedo aceptarlo porque en ellos están expresando tus
sentimientos y para mí es difícil corresponderlos porque no ha habido un tiempo
para conocernos de un modo tan íntimo que me permitiesen ser afín a tu sentir.
Discúlpame por favor.
¡Ahí estaba la verdad! Una que fue como una espada
enterrada en el pecho del joven Brigston y que despertó a la vez, una especie
de compasión por el resto de los presentes, en especial en sus hermanas y
padres.
Fue su propia hermana, quién decidió socorrerlo y
animarlo, porque sin duda, que es durísimo ser rechazado frente a todos.
─ Hermanito has de saber que a una mujer debes
conquistarla con tiempo y paciencia ─
señaló con ternura Alesia. ─ No es llegar de sopetón y decirle frente al
mundo que te gusta, porque hay una gran diferencia entre la atracción que
florece cuando recién se conocen al que despierta el cariño que se convertirá
en amor con el correr del tiempo. No vayas en carrera loca que asustas a la
pobre de Sara.
Hay que decirlo, Alesia, sabía cómo provocar cosas
y también salvar situaciones bien complejas y bajarles el perfil para afrontar
un escenario más dado al diálogo y a los acuerdos. Y este fue el caso de su
hermano.
─ Yo… ¡Este!... ¡Lo siento! ─ exclama vacilante John, viendo avergonzado a Sara.
─ No quise asustarte Sara, por favor
perdóname.
─ ¡Está bien, John! ─
complació
Sara, que quiso apoyar la intervención de Alesia en cierta forma.
─ Gracias ─
señaló John y entregó nuevamente las rosas
al sirviente. ─ Serán para otra ocasión.
El joven volvió a ocupar su sitio y de reojo veía a
la joven Taffra con las mejillas rojas de la vergüenza, pero esta vez, su
padre, le dio palmaditas de ánimo e instó a que fuera de a poco en el amor.
Aunque para John aquella muchacha era perfecta para ser presentada como su
novia. Era la candidata indicada, una mujer bella, culta, educada, profesional,
amable y sincera. Tenía todos los atributos para pasar a una instancia mayor y
que mejor frente a la familia. No obstante, se equivocó y fue demasiado a prisa
y consiguió que le dijesen que no a la primera. Sin embargo, las palabras de su
hermana, le devolvieron las esperanzas y se conformó en que esta vez haría las
cosas de otro modo, más despacio para no asustarla más.
Los mayores, decidieron poner un tema de
conversación basado en las nuevas competencias de juegos olímpicos que se
vendrían pronto y que necesitaba nuevos deportistas del país para darle a
Inglaterra nuevas medallas y grandezas a la nación.
De a poco se fue cambiando el ambiente y todos
participaron de la conversación aportando impresiones y apostando por nuevas
figuras emergentes en los deportes.
A lo largo del debate. Unos devastados ojos
grises, solo querían salir del lugar y poder tomar un poco de aire fresco.
Había llegado a su límite en ser expuesta a tantas emociones por ambos lados de
una misma moneda y solo quería un poco de tranquilidad. En verdad, ya no quería
pensar, solo quería alejarse de todo. No probó bocado y se limitó a jugar con
su tenedor sobre los alimentos.
Por su parte y en el anverso de esta moneda. Una
joven no dejaba de observarla pensativamente y desear con todo su corazón que
le diese una oportunidad de corresponder a los sentimientos que le expresara a
través de ese sensual baile.
Tenía sentimientos encontrados; por un lado, estaba
el hecho de que jamás pensó que su primo se atreviese a declararse de ese modo.
Eso era una declaración de amor por donde se le mirase, todo ese despliegue de
palabrería cursi, galante y el gesto de las flores, le indicaron que estaba
aprovechando la instancia de encontrarse toda la familia reunida para poner a
Sara, en una situación compleja y orillarla a escogerlo forzadamente. Esto hizo
que sus dientes rechinaran a medida que fue escuchando toda esa gala de
verbosidad romántica. No solo le molestó, sino que causo que su cuerpo se
tensase por completo y unas ganas profundas de mandarlo a volar lejos. ¿Hasta
cuándo insistía con su chica? Sara, era suya, siempre lo fue desde un principio
y él no tenía ningún derecho a inmiscuirse entre ellas. Se lo advirtió esa
noche de baile y ahora, menos que nunca iba a permitirle que intentase ligar
con ella. Jamás lo permitiría.
Por otra parte, aún tenía dudas de sobre sus
antiguos anhelos, de llegar a tener una gran familia con muchos hijos.
Necesitaba saber si Sara, es su verdadero amor y si ella, estaba dispuesta a
dejarlo todo por amor. Quedarse a su lado, dedicarle su vida, darle todo su ser
y permitirle que la dejase amar.
Eran dudas que todos aún tienen en un comienzo y le
tomo más que unos instantes de sopesar todo y al ver el rostro triste de la
pelirroja, supo que no deseaba eso, que deseaba verla sonreír siempre,
dedicarle todo de sí para conseguirlo y hacerla que su dicha durara para
siempre. Fue esa simple reflexión que le hizo comprender que eso solo podía
significar que era Amor.
Ahora, todo tenía sentido; la vida se encargó de
poner a Sara en su camino y le mostró que ella fue creada para su corazón, su
amor, sus caricias, su dedicación, su ternura, su tiempo, sus esfuerzos, su
todo. No había más nada que meditar y sólo había una salida.
Contempló a la joven Taffra y fue tan intensa su
mirada que hizo que el rostro de Sara, se alzara en pos del de ella y ambas
cruzaron miradas y surgió ese brillo, esos escalofríos, esa sensación que hace
que tu corazón se dispare a mil y sientas que te fundes en la profundidad de
esos ojos que ya tanto adoras.
Eso fue el detonante y Francis, tomo su decisión.
Iba a jugarse el todo por el todo y a conquistar el corazón de Sara a como
diera lugar y se puso en marcha antes que otros quisieran apartarla de su lado,
de su vida.
─ Sara ─
llamó
suavemente Francis.
Aquel llamado hizo que Sara, volteara a verla de
inmediato como si respondiese a cualquier gesto suyo como un perro a su amo.
─ Dime ─
respondió
ésta
de inmediato.
─ ¿Puedes acompañarme a un lugar que deseo mostrarte? ─ suplicó Francis, cuyos ojos le trasmitieron su
necesidad y sentir profundo.
Sin duda, que aquello sorprendió a Sara, pero ver
aquellos azules, tan limpios, tan ansiosos y tan tiernos en su trato, que bastó
para conseguir la aceptación definitiva.
─ De acuerdo Francis ─
aceptó
Sara. ─ Te acompañaré.
─ Estoy segura que te va a encantar y lo disfrutarás mucho ─ susurró sensual Francis, guiñando un ojo
coquetamente.
¡Vaya cómo pueden cambiar las cosas! De un momento
a otro y dejar un escenario distinto a favor de una mujer que hasta hace poco
se resistía admitir un sentimiento tan profundo y que se había jurado no
mendigar amor a nadie.
─ Eso espero Francis ─
repuso Sara, que después
de aquel gesto de coquetería, decidió darle de su propia medicina sin
importar nada más. ─ Disfrutar de tu sorpresa y ver si vale
la pena o no.
─ No solo valdrá la pena, sino que no la olvidarás jamás. ─ sugirió ésta, con picardía y de sus ojos se
desprendió
un brillo peculiar, en que dejo ver claramente el deseo presente en ella por su
persona.
Eso fue suficiente para Sara, quién le gustó ese
desafió y quiso también arriesgarse más allá de lo cuenta e iba a comprobar los
dichos de Nataniel y exigir lo que también le pertenecía. No sin antes aclarar
el punto de ese tal Frederick.
─ ¡Ya veremos Francis! ─
advirtió
con altanarería
Sara. ─ No me decepciones.
─ No lo haré, Sara ─
rebatió
con fuerza y viéndola
fijamente a los ojos, añadió. ─ Esta vez será distinto, te lo prometo.
─ Confiaré en ti ─
consintió Sara y sus ojos transmitieron ese sentir oculto en su corazón. ─ Luego, te daré mis impresiones ¿te parece?
─ ¡Excelente! ─
exclamó
fascinada Francis. ─ será un honor tener tu compañía.
─ Francis ─
murmuró
Sara sorprendida más
del comportamiento de la joven Calguiere, es como si no fuese la misma que
conoció. ─ ¡¿Segura?!
─ Muy segura de ello ─
aseguró
ésta
y selló
aquello con un guiño
de ojo.
─ ¿Cuándo? ─
indagó
Sara que se mordió
el labio inferior con algo de alevosía y provocación por ese guiño.
─ Después de cenar, lindura ─ respondió Francis, que clavó sus ojos en aquel
gesto sobre esos labios que a esas alturas ya deseaba probar.
No se sabe si fue lo último que dijo o verla como
se la comía con los ojos. Puesto que no apartó su vista de sus labios e
inevitablemente su boca se entreabrió y puso cara de boba; cosa que le pareció
tan tierna a Sara como elevó a su corazón a las mismas nubes.
Mientras ellas estaban inmersas en sus cosas.
Estaban siendo observadas por otras personas de la mesa, que se percataron de
aquel juego que ambas tenían; entre ellas se encontraba Raniel.
─ ¡Sara! ─
susurró
Raniel, viéndola
con un dejo de burla y a la vez, de alegría. ─
Parece que no seré
la única
que dejará
su hogar a causa del amor.
Otra…
─ Veo que al fin lo has comprendido ─ se dijo Alesia, conformé por cómo se estaba
desarrollando las cosas entre su prima y Sara. ─
Era hora que tomarás
en serio a tu corazón. Ahora queda dejar las cosas claras con John y tendrás
todo a tu favor.
Y…
─ Es una linda sorpresa verte, hermanita ─ susurró sorprendida y feliz a la vez a
Anabelle. ─ Sara es una espléndida mujer.
Además de…
─ Francis, me alegro que estés haciendo las cosas
correctas ─ dijo Claudine, conmovida por el cambio
en el escenario.
Y por último…
─ Esa eres tú, hija mía ─
exclamó
para sí
Anette, que no perdió
de vista ningún
acto de la menor de sus hijos. ─ No se puede luchar
contra el más
bello sentimiento y que lo es todo en la vida de una persona.
Sin duda, que varios se habían percatado de la
interacción que tenían las chicas y Alesia como Anabelle, mejor que nadie
sabían que era un lenguaje de coquetería y seducción los que Francis y Sara
estaban empleando y en parte, les sentaba muy bien porque las hacía ver más
relajadas, sin tensión, sin enfrentamientos y solo miradas cómplices entre
ellas.
Estaba claro que había que mantenerse al margen de
todo y dejar que aquello fluyera naturalmente por lo que dejaron que
continuasen con lo suyo y pusieron atención a su plática en deportes y darles
esa intimidad que precisaban.
Después de casi más de una hora de sobre mesa por
así, decirlo. Los adultos, invitaron a sus invitados a jugar un partido de
naipes. Mientras que los más jóvenes tomaron rumbos distintos. En el caso de
los varones fueron a divertirse con una partida de billar y por su parte las
chicas, acompañaron a Claudine al piano a que les deleitara con piezas de
música clásica.
Sara, se había levantado de su lugar y se disponía
en acompañar a las chicas, cuando fue detenida por el brazo por…
─ ¡Por favor Discúlpame Sara! ─ suplicó John ─
no deseaba asustarte de ese modo. Pero, son bien sinceros mis sentimientos
hacia ti.
─ John ─
balbuceó
Sara, aturdida por qué
no se esperaba hablar nuevamente con el joven Brigston. ─ Lo sé muy bien, pero yo también he respondido sinceramente
a ellos.
─ ¿Podrías darme la oportunidad de conocerte un
poco más?
─ preguntó John.
─ No he de mentirte, podemos conocernos un poco más, pero como amigos ─ aclaró Sara, educadamente. ─ No puedo ofrecerte nada más que amistad por el
momento.
─ Está bien, Sara ─ aceptó John, que se sentía mal por no lograr
convencer a la muchacha de que le diese esa oportunidad que precisaba. ─ Me conformaré con ello, por el momento. Después veremos qué sucede.
La joven Taffra, no tuvo oportunidad de responder,
cuando fue interrumpida por…
─ ¿Sara estás lista? ─
Demandó
seria Francis, viendo suspicazmente a su primo.
Si las malas vibras pudiesen colorearse, se podrían
pintar en un color entre naranja o rojo intenso, debido a la pasión y celos que
genera un posible rival. Esto era lo que no solo sucedía con la menor de los Calguiere,
sino que también con John, que le disgustó ver que fuesen interrumpidos por su
prima a sabiendas que ella conocía las intenciones que él tenía con respecto a
la joven Taffra.
─ Estamos conversando Francis ─ expresó con enfado John. ─ ¿Puedes esperar un momento?
─ Pues fíjate que Sara y yo, tenemos planes de
ante mano ─ masculló entre dientes Francis, que no iba a
aguantarle a su primo ir más lejos con la joven. ─ Por eso la vine a buscar. Así que no interrumpo
nada primo. El compromiso fue nuestro primero. Con tu permiso, me llevaré a
Sara.
Las miradas eran bien intimidantes entre esos dos y
Sara, quedo con escalofríos al comprobar que debía hacer algo o de lo contrario
podría haber un enfrentamiento entre ambos y no lo iba a permitir.
─ Acordamos mucho antes juntarnos a ver unos
asuntos, por lo que te ruego que nos disculpes, John ─ se excusó Sara y viendo a la chica, añadió. ─ ¿Nos vamos ya?
─ ¡Claro! ─
asintió
Francis, sin dejar de ver a su primo en forma desafiante y tomando la mano de
la joven Taffra, agregó. ─ ¡Vamos ya!
Sin mediar más palabras, ambas chicas se marcharon
del lugar, dejando al joven Bringston, molesto por una parte e intrigado por la
mirada retadora de su prima.
─ ¿Qué intentabas decirme con esa mirada Francis? ─ se preguntó así mismo John.
No tuvo tiempo en seguir meditando, cuando fue llamado por Nataniel, que observó todo y no alcanzó a llegar a tiempo para impedir que el joven Brigston fuese con Sara. Así que, solo le quedo ir a buscarlo e invitarlo a jugar una partida y apostaron una ronda de cerveza negra, por lo que se fueron entusiasmados al desafío.
─ ¡Buena suerte, mi dulce Sara! ─ Se dijo Nataniel para sus adentros, feliz de que su amiga pudiese dar esos pasos para entablar una relación con esa rubia gruñona, porque le impresionó ver su cara cuando el joven Brigston, se acercó a Sara. ─ ¡Vaya que es territorial!
Por su parte…
Las chicas fueron testigos de cómo ambas jóvenes se fueron de la mano por el pasillo a vista y paciencia de todos.
─ Tenías razón, Claudine ─ señaló Alexandra, viendo a las chicas. ─ Ellas van para algo serio.
─ Te lo dije ─
Aseguró
ésta,
tocando una pieza de Vivaldi. ─ Era cuestión de tiempo para que
Francis se decidiera a jugársela y ahora, no hay nada que le impida que se
vuelvan una pareja.
─ Es increíble ver a mi hermanita tan decidida ─ mencionó Anabelle que se unía junto a su
prometida. ─ Princesa, Sara es una excelente
mujer y estoy segura que si llega a funcionar lo de ellas, Francis quedará en muy buenas manos.
─ Sara es una mujer extraordinaria, amor ─ Acotó Raniel. ─
Se nota que tu hermana le gusta mucho a mi Sarina (apodo que usaba desde niña)
─ De eso no cabe duda princesa ─ Concordó Anabelle.
─ Chicas, no les parece a ustedes que la historia se
vuelve a repetir ─ mencionó Alesia, que se unía a la conversación. ─ Una Calguiere se queda con la chica.
─ Sí ─ fue la respuesta de
todas.
Mientras ellas mantenían una interesante conversación que se pondría más alucinante para Claudine como Alexandra. Nuestras protagonistas se encaminaban hacia un largo corredor que las lleva hacia una parte desconocida del castillo. Mantuvieron un prolongado silencio en todo el trayecto.
─ Espero que John, no te siga importunando más ─ de pronto rompió el silencio Francis, viendo por el rabillo de sus ojos a la muchacha, sin soltarle la mano, se sentía muy bien estar de ese modo.
─ Yo no busco nada sentimental con John ─ Aclaró de plano, Sara.
─ Eso lo sé ─
afirmó
Francis. ─ Él se ha hecho ilusiones contigo, pero
no puede continuar más
con ello.
─ Gracias por intervenir ─ fue lo que se lo ocurrió decir a Sara.
─ No dejaré que él se acerque más a ti ─ mencionó seca Francis, que estaba decidida a
cortarle las alas a su primo.
─ ¿Podemos cambiar de tema? ─ sugirió Sara, porque no deseaba comenzar a
tener un impase con Francis a causa del joven.
─ Me parece bien ─
Consintió
Francis, que se percató de lo mal que se sintió la muchacha.
─ ¿Qué es lo que me quieres mostrar? ─ Preguntó Sara con cierta curiosidad.
─ No comas ansias, preciosa ─ indicó Francis, disfrutando de ver que tenía toda su atención solo para ella al
igual que su compañía.
─ Espera que lleguemos y me permitas
sorprenderte.
─ ¡Estás muy empeñada en sorprenderme! ─ soltó sin pensarlo mucho Sara.
─ Por supuesto y entre otras cosas qué tengo en mente ─ develó sin titubeos y nada corta, Francis,
sin dejar de ver las reacciones de la chica. Su chica.
Sara, quedo de piedra al oír esas insinuaciones y
de pronto, su corazón se disparó y sus mejillas se tiñeron de rojo haciendo
juego con el color de sus cabellos. Ahora, si le entró el nervio a la joven
Taffra, podía apreciar cómo la actitud y disposición de Francis, había cambiado
hacia ella y lo sabía por su forma de mirarla.
De pronto, al llegar al final del corredor, Francis, tocó un cuadro y una puerta corrediza se abrió ante sus ojos y una escalera de caracol se dejó ver ante sus ojos.
─ ¡Wow! ─ exclamó sorprendida Sara. ─ ¿No sabía que tuviesen un pasadizo oculto en el castillo?
─ Jajaja ─
rio
complacida Francis e invitándola a pasar. ─
Hay muchas cosas ocultas en este castillo y esta es una de ellas. ¡Acompáñame por favor!
─ Claro ─
respondió
Sara.
Subieron por la escalera metálica hasta llegar a una mampara de vidrio y nuevamente la joven Calguiere, toco una pieza x en la pared y ésta se abrió y mostró lo que estaba detrás.
Ante los ojos grises de la joven, un hermoso torreón mostraba una vista esplendida de todo el lugar.
─ ¡Ten la amabilidad de entrar! ─ demandó Francis.
La joven Taffra, no se hizo esperar y cruzo el umbral para quedar extasiada ante lo que tenía frente a sus ojos. Un lugar hermoso, revestido de varios ventanales que iluminaba todo el lugar. Pequeñas banquetas a modos de asientos. Cuadros de algún miembro del lugar. Luces en forma de antorcha y lo mejor de todo, la vista que le permitía apreciar el cielo estrellado como las luces de Londres en la lejanía.
Por un momento se olvidó por completo de su acompañante y se fue de lleno hasta uno de los ventanales y desde ahí, contempló todo con dicha y satisfacción.
Por su parte, Francis, se mantuvo un poco aislada solo para contemplar cada una de las expresiones y gestos que hacía la joven Taffra. Sin duda que, su plan había dado resultado. Verla con ese entusiasmo, le indicaba que se estaba complacida y era tan ella, tan entusiasta y a la vez, disfrutaba como niña pequeña de todo lo que sus ojos veían.
─ Dime Sara ─ inquirió Francis. ─ ¿Te ha gustado?
─ Claro que sí y mucho ─
confirmó
Sara, tan entusiasta que su sonrisa lo decía todo. ─
decir eso es poco. Estoy fascinada con todo lo hermoso que este torreón.
─ Me complace mucho saber que te ha gustado mi
sorpresa. ─ adujo feliz Francis, que se acercó
junto a la joven y sonrió encantada.
─ ¿Es tu lugar favorito? ─ fue el turno de Sara para indagar cosas.
─ Efectivamente lo es ─
se abrió
en revelar cosas a Francis. ─ Siempre que deseo
estar sola vengo a este lugar y me quedo por muchas horas.
─ ¿Por qué sola? ─
inquirió
sorprendida Sara. ─ Eres una mujer bella y jovial como
para estar sola.
─ Es cuando deseo algo de paz, Sara. ─ explicó Francis. ─ Todos queremos un poco de privacidad y nuestro
espacio personal. Lejos de todo, familia, amigos, etc.
─ Comprendo ─
dijo Sara.
─ Ahora, acompáñame y vamos un rato a fuera y así, puedas disfrutar
mejor─ instó Francis, tomando su mano y conduciéndola por el pequeño balcón.
Al instante que salieron afuera, sintieron esa quietud y sereno de una noche estrellada. Ambas se acomodaron una al lado de la otra y se dedicaron a observar el cielo infinito.
Sara, alzo su mentón y aspiró profundamente el aire nocturno y disfruto exhalando aire fresco y gratificante. Dejo que sus pulmones se inundaran de ese aire y combustible para sus pulmones y cerró sus ojos y dejo que el resto de sus sentidos disfrutaran a plenitud de esa exquisita sensación. Oyó el cantar de los grillos y una que otra ave nocturna. Como también el eco del viento chocar con algunas copas de los árboles. Sin duda, que eso era lo más relajante que se puede vivir y sentir.
No supo cuánto tiempo estuvo de ese modo, porque se olvidó de todo y en especial de la persona que estaba a su lado, que solo se dedicaba a observarla extasiada contemplando sus facciones y disfrutando al máximo de verla de ese modo. Su corazón estaba simplemente desbocado de tenerla junto a ella y dejar que le permitiese darle momentos agradables como este.
Ninguna de las dos preciso hablar, solo se entregaron a sus emociones y estaba en ello, cuando todo ese romanticismo, fue interrumpido por una ráfaga veloz y fría que se dejó sentir en el lugar. Haciendo que Sara, temblase de frío y cosa que fue percibida de inmediato por Francis, que sacó la mantilla de sus hombros y se la colocó sobre la joven Taffra.
─ Esto te servirá un poco─
señaló Francis, envolviéndola bien al momento
en que los ojos grises de la pelirroja se abrieron al sentir el contacto de las
manos de la joven.
─ Pero tú has quedado a merced del frío ─ mencionó de inmediato Sara. ─ No es justo.
─ Estaré bien ─
adujo sin más
Francis.
─ No puedo aceptarla, a menos que me permitas que la
compartamos entre las dos, ya que es bastante grande ─ indicó Sara, viéndola a los ojos. ─ ¿Te parece mejor?
Francis, no supo que decir y solo guardo silencio y al ver esto Sara, simplemente decidió actuar por su cuenta.
─ ¿Por favor no desconfíes de mí? ─ suplicó Sara y pasó la mantilla por detrás de la joven.
─ No es eso ─
musito Francis, que tembló
de pronto al simple contacto con Sara.
─ ¿Qué es? ─
quiso saber Sara, terminando de envolver a la joven y apegarse un poco más a ella.
─ Sa…ra ─ Balbuceó entre cortado
Francis, y no pudo soportarlo más y cedió a sus instintos, posando de inmediato su
mano sobre la cintura de Sara y atrayéndola por completo a ella.
Lo que permitió que la mantilla las envolviera por completo y dejo sus rostros enfrentados y a escasos milímetros. Ambas chicas, se perdieron una en los ojos de la otra y solo podían escuchar el latido de sus corazones estar a mil, producto en la situación en que se encontraban, Una en brazos de la otra.
Aquellos ojos azules, no dejaban de contemplar esos grises que la mantenían tan embrujada y anhelante de ver expresados amor en ellos y como si fuese un gran imán fue atrayéndola hasta casi rosar sus narices y bajo la vista en aquellos delicados labios y ahí, sintió como se le hizo agua la boca, porque fue incapaz de resistirse a la invitación que le hacían éstos para que degustara de sus frutos y de pronto se vio envolviéndolo con los suyos y fue mágico sentir aquel roce y tímido al principio, pero de a poco se volvió demandante y consiguió en respuesta que se abrieran para ella y pudo saborear el sabor de esa boca. Al fin, podía disfrutar de lo que tantas veces anheló probar aquellos labios de miel.
Simplemente fueron tres largos y agonizantes días,
esperando esto…Un simple beso; por eso la frustración, el despecho y el
sarcasmo por no ser lo suficientemente sincera consigo misma y admitir que
deseaba robarle un beso desde que la vio dedicarle una sonrisa mientras estaba
oculta a su mejor amiga.
La unión de aquellos labios fue perfecta como si hubiesen sido hechas a medida y lo que comenzó como un beso tímido y a la vez, reconocedor de la otra persona. Fue subiendo en intensidad en la medida que esos juegos de lenguas deseaban no solo reconocerse sino también devorar y someter a la otra. Estaban hambrientas la una de la otra y es que habían sometido a sus corazones a una agonía innecesarias, así como a un tormento a sus cuerpos que llevaban un tiempo anhelante de ser consentido por su ser amado.
Todo a su alrededor parecía estar confabulados con ellas y es que dio la impresión de que el tiempo y espacio se detuviese en su entorno para darles paso a estas dos jóvenes que habían encontrado el único lenguaje que pudiese reflejar sus sentimientos y ese no es más que la antesala que toda relación más íntima consumara y es lo más sencillo y bello a la vez, un beso. En dónde quedan reflejadas todas y cada una de las intenciones de un enamorado o enamorada.
Si decimos que el tiempo se detuvo fue lo que sucedió en cierto modo, porque ninguna de las fue consciente del lapso de minutos que estuvieron dando rienda suelta a esa caricia. No obstante, no hay un beso eterno debido a una lógica existencial y es que todos somos seres vivos y necesitamos respirar de algún modo. Lo que llevo a que ese momento divino fuese abriéndose y rompiendo en parte el embrujo, dado que tan despacio como empezó fue dándose para que fueran disminuyendo esa intensidad y fue la propia Francis, que despejo perezosamente sus labios de la joven Taffra.
No se separó del todo porque apegó su frente con la muchacha y su respiración indicaba que estaba tan agitada. Despacio elevo su mano para acariciar la mejilla de Sara y prodigarle caricias.
─ Sara ─ susurró Francis y mordiendo su labio inferior, no dejo de observar los de la chica y volvió a cubrir esos labios con los suyos una vez más porque sentía una gran necesidad de besarlos como condenada a muerte.
La respuesta no se hizo esperar y fue Sara, que devolvió ese beso con más intensidad y rodeo con sus brazos a la joven Calguiere. Permitiendo que fuese ésta la dominante en esta primera vez. No podríamos decir que esa mantilla se notaba del todo, dado que quedo totalmente adherida a esos cuerpos porque daba la impresión de que ambas se habían fundido en un solo ser por causa de esa prenda de vestir.
Dicen que un ser humano cuando padece de hambre es capaz de devorar todo a la vez hasta abotagarse. Así podríamos describir lo que estaba sucediendo con las protagonistas que estaban inmersas en alimentarse de sus caricias y no eran capaces de percibir que la intensidad de esos besos estaba haciendo que la temperatura de sus cuerpos comenzara a elevarse más de la cuenta. Prende una mecha y ya verás el resultado.
Francis, sentía como su cuerpo emanaba tanto calor y comprobó que lo mismo le sucedía a Sara, porque podían sentir ese calor siendo trasmitido a través de sus ropas. No sólo eso pudo sentir, sino que ambas sintieron cuando una parte de sus cuerpos las delató por completo al constatar que sus pechos, mejor dicho, sus pezones estaban endurecidos por ese simple contacto.
Toda esta pasión que se estaba desatando, fue detenida abruptamente que una ráfaga de viento se dejó sentir en el lugar justo cuando una parte de esa mantilla cayo por uno de los costados de Sara y las hizo temblar porque realmente se sintió bastante fría y las detuvo en seco.
Francis, a pesar de que su piel en los brazos se puso como piel de gallina producto de ese frío, en forma galante y atenta, tomo la punta de esa prenda y cubrió esa parte desprotegida. Pues no deseaba que ese mágico y romántico momento acabase producto de ese desliz del viento, algo inoportuno.
E iba acercándose nuevamente a los labios de la muchacha, pero…Fue detenida por unos dedos en sus labios que pusieron ese alto necesario.
─ Debemos hablar primero, Francis, antes de dejarnos llevar más ─ murmuró Sara, que sabía que le era muy difícil cortar de ese modo tan hermoso momento que su corazón anhelaba desde hace rato.
La joven Calguiere, no negó que en parte le produjo desazón aquella petición porque pensaba que mejor forma de decir lo que sentían por medio de las caricias y dejar que sus cuerpos transmitieran todo cuanto deseaban expresa. Tal vez, lo sucedió hace unas horas antes, la tenían demasiado anhelante de la joven que la llevó a necesitarla demasiado.
─ Tú dirás, Sara ─ Respondió resignada Francis.
─ ¿Qué deseas de mí? ─
preguntó
Sara, apartándose
unos centímetros
de la joven para poder contemplar sus ojos y ver su verdad.
─ ¿No es obvio? ─
mencionó
Francis. ─ A ti, Sara.
─ Francis, lo vuelvo a repetir ¿Qué deseas de mí? ─ insistió ésta. ─
Y lo pregunto porque deseo dejarte muy en claro que no estoy en busca de
aventuras.
─ Eso lo tengo más que claro ─ respondió Francis ─
Y tampoco yo estoy en busca de algo pasajero.
─ ¿Entonces? ─
instó
Sara, viendo fijamente esos ojos azules de la joven.
─ Quiero que me des la oportunidad de ser algo
importante y especial en tu vida ─
señaló sinceramente
Francis. ─ Deseo tener algo serio contigo.
─ ¿Qué tan serio? ─
indagó
Sara en forma inquisitiva.
─ Muy seria, tanto para llegar al punto de
presentarte oficialmente ante mis padres ─
confesó
Francis.
─ ¿Estás consciente que dentro de poco debo partir a casa?
─ preguntó Sara con algo de nervios, pues parecía más un interrogatorio
que un momento romántico.
─ Sé que pronto has de regresar a tu país ─ Contestó Francis, tomando el rostro de la chica
entre sus manos, olvidando por completo la mantilla. ─ junto a tu familia y, sin embargo, tengo la
esperanza y la confianza en que podremos darnos esa oportunidad para amarnos
porque puedo ver esa verdad en tus ojos, que es lo mismo que yo estoy sintiendo
por ti.
─ Y si sientes aquello qué dices, explícame algo ─ mencionó directo al grano Sara. ─ ¿Qué significa Frederick en tu vida?
Aquella pregunta descolocó un poco a Francis, que no tenía que ver con sus sentimientos en ese momento, pero comprendió que si deseaba que Sara, confíe en ella y le permitiese amarla como su corazón deseaba. Debía ser muy honesta de su parte y sin secretos de por medios.
─ Sara ─ explicó Francis. ─ Tuvimos una relación de 6 meses, pero no funcionó debido a que somos incompatibles en muchas cosas y Frederick, ha sido el último chico con quién he estado hasta ahora.
─ ¡Ya veo! ─
exclamó
Sara, no muy convencida. ─ ¿Y lo de hoy? ¿Qué fue?
─ Un error estúpido de mi parte ─ confesó sinceramente Francis, mordiendo su
labio, pues intuyó que la joven siempre estuvo pendiente de sus actos y al
verla a los ojos, pudo ver esa molestia que le hizo entender que ella estaba
celosa y eso le dio fuerzas para proseguir. ─
No fue fácil
para mí,
aceptar mis sentimientos hacia ti porque siempre tuve claro que me casaría y
formaría una familia con muchos hijos de por medio.
No obstante, desde el momento en que te vi entrar a hurtadillas que mi mundo quedo puesto de cabeza y todo lo que una vez creí, se esfumó con tu llegada y tuve miedo de admitir que me atraías demasiado. Nunca nadie consiguió ponerme de ese modo y cuando nos presentaron sentí un embrujo tan grande que no había nadie más que no fueses tú.
No fue casualidad nada de lo que nos pasó, ese contacto con los ojos, nuestras manos y esos escalofríos me indicaban que tú eras algo especial, que no esperaba ni imaginaba. No pude admitirlo de inmediato y luche con todas mis fuerzas para demostrar que era una chica hetero por así decirlo y que jamás se enamoraría de una mujer.
Pero me equivoqué tanto y por más que buscaba excusas para mantenerte a raya, cuando no estabas me desesperaba por verte, sentirte cerca de mí. Saber que estaba ahí para mí y me disgustaba de sobre manera verte siendo cortejada por mi primo. No lo soportaba.
Además, estaba el hecho de que deseaba batirme a duelo contigo porque creía que tenía ese derecho por todo lo que me estabas haciendo sentir y cuando ante pusiste a Alesia por sobre mí, me sentí traicionada y humillada porque no concebía que la chica que me atraía tuviese preferencia por otros y no por mí. Sobre todo, con lo sucedido con ese sensual baile.
Esa fue la gota que rebalso el vaso y decidí dar mi
última pelea y cité a Frederick con el firme propósito de olvidarte de una vez
y demostrarme que no eras tan especial cómo me gritaba mi corazón.
Aquel encuentro con mi ex, fue un desastre y un gran chascarro porque en esas tres horas fuera de casa, me la pase pensando en ti, anhelándote, queriendo verte, perderme en tus ojos. Y por más que Frederick insistió con sus caricias, no pude corresponder a sus intenciones y sentimientos. ─ finalizó Francis. ─ Todo ello me sirvió para ser sincera conmigo misma y reconocer que estoy profundamente enamorada de ti y que no deseo estar con nadie que no seas tú.
─ Francis ─
llamó
Sara.
─ Dime ─
respondió
ésta.
─ ¿Qué tan lejos llegaron? ─
preguntó
sin rodeos Sara, cuyos ojos buscaba desesperadamente en esos azules, una verdad
y no engaño.
─ Sara ─
murmuró
Francis, entre feliz por un lado como inquieta por otro. ─ No hice nada malo para tu tranquilidad. Solo unos
besos y caricias que no pasaron a mayores, porque tú imagen me persiguió todo el tiempo y no
dejo que traicionara mis sentimientos hacia ti.
─ Me alegra saberlo ─
expresó
más
aliviada Sara y sin ocultar su propia verdad.
─ ¿Estás celosa? ─
se atrevió
en preguntar Francis.
─ ¿Tú qué crees? ─
Contra preguntó
Sara, alzando una ceja en forma desafiante.
Ahí estaba, su Sara de siempre, peleona y desafiante. Francis, no disimuló para nada su alegría y sonrió de oreja a oreja como si su confesión fuese un premio para ella.
─ Que sí estás celosa de Frederick. ─ respondió igualmente Francis, quería asegurar esa victoria en forma definitiva.
─ Soy una mujer de piel, Francis ─ admitió por fin Sara y viéndola de una forma
que no dejo dudas al respecto, añadió. ─
No me hace gracia que otros puedan estar rondando o aspirando a algo que fue
hecho para mí
y no me gusta compartir el cariño de mi ser amado, no en esa índole.
Simplemente no lo soportó.
─ Sara, mi dulce Sara ─
murmuró
enternecida Francis y con su ego por las nubes tras esa confesión. ─ No tendrás que compartirme con otra persona.
─ ¡Um! ─
exclamó
Sara, con cierto resquemor porque sonaba a muy ambiguo.
─ A menos qué…─ soltó con pica Francis, a sabiendas de
llevar a la joven Taffra justo al terreno que deseaba.
─ ¿A menos qué? ─ exclamó Sara, pues surtió efecto enseguida lo
insinuado por Francis y gatilló de inmediato la curiosidad de la muchacha.
─ Que debas compartirme con…─ Esta vez, Francis,
se valió
de cierta malicia en demorar unos segundos sus argumentos y tras obtener lo
deseado, remató.
─ Nuestros hijos.
Eso sí dejo atónita a Sara, porque estaba casi segura que le saldría con alguna provocación de amigos, compañeros de universidad, etc. Pero ¿Familia? Eso la desarmó por completo porque no se lo esperaba.
─ ¿Hijos? ─ inquirió Sara pasmada aún con ese comentario.
─ Sí, nuestros hijos que vendrán pronto ─ Señaló Francis sin cortarse un ápice en su respuesta.
─ ¡Un momento! ─
rebatió
y aclaró
Sara. ─ Señorita Calguiere, permítame recodarle que
solo nos hemos dado un beso nada más, como para plantearme tener hijos
contigo, cuando no somos nada en este momento y nuestro futuro, sí así podemos
llamarlo; es muy incierto debido al lugar en que ambas vivimos. La distancia es
el peor enemigo de una relación. ¿Lo sabías?
Escuchar decir eso a Sara, en cierta forma le dolió
un resto a Francis y de ser otra persona, la hubiese persuadido de dejar las
cosas hasta ahí y no hacerse falsas expectativas por algo que ya estaba
comenzando con una gran carga emocional y física como es la distancia de miles
de kilómetros. Sin embargo, la menor de los Calguiere, no es cualquier chica y
su madre le enseñó y dio las herramientas necesarias en su formación para
luchar por todo lo que quería y creía. Jamás darse por vencida sin dar batalla
y ser obstinada en conseguir el éxito con trabajo y mucha determinación. Así
que, la muchacha no estaba dispuesta a ceder en su objetivo…Ella quería y
deseaba tener una relación seria con la joven Taffra y ni cientos de miles de
kilómetros serían un obstáculo para concretar su deseo de convertirla en su
novia. Por lo tanto, era la hora de demostrarle que no la dejaría escapar como
tampoco le permitiría dejar que se alejase de ella y menos un no por respuesta.
Sara Taffra, se convertiría en su novia sí o sí.
─ Sara, estoy muy consciente en que ambas vivimos en distintos países ─ aclaró firmé Francis y acariciando la mejilla de la pelirroja, añadió. ─ Y tengo la esperanza que ello no sea un impedimento para tú y yo seamos una pareja, dispuestas a luchar por nuestro amor y fortalecerlo. Quiero que me des esa oportunidad y nos permitas amarnos como nuestros corazones nos están pidiendo. No nos niegues el derecho de ser felices y más adelante, formar nuestra familia. Sé que demoré en darme cuenta y en aceptar mis sentimientos, pero te ruego, que escuches a tu corazón y me des el honor de ser tu novia.
─ ¡Oh, Francis! ─
murmuró
Sara, feliz y con angustia a la vez, puesto que era una decisión muy importante. ─ Entiéndeme por favor. No vine aquí en busca de
aventuras que duren lo que la motivación del momento para luego, decir que no
funcionó
debido a que tomamos una decisión apresurada por dejarnos llevar y no sopesar
las cosas verdaderamente. No quiero ilusionarme y que después rompan mi corazón
con un lo siento, hice lo que pude. Eso a mí no me sirve, ya pasé por eso una
vez y no tengo deseo de vivirlo nuevamente. Prefiero que nos digamos adiós
ahora, que crearme falsas esperanza.
─ Sara, ¡Escúchame bien! ─ apremió una Francis, que sintió cómo su corazón se contrajo dentro
de su pecho al oír
los miedos de la mujer de la cual se enamoró. ─
No puedo decir que sé por lo que pasaste porque no es así. Yo solo he tenido
relaciones cortas que no funcionaron porque no eran para mí y así, lo comprobé
en su minuto. Y todo eso me demostró que la persona correcta aún no llegaba a
mi vida. Ahora, esa persona llegó y eres tú, Sara. De la cual me enamoré casi
desde el primer instante en que te vi y que por mi soberbia no acepte porque
también tuve miedo y me hiciste replantearme todo.
No voy a dejar que te marches de mi vida, voy a luchar y demostrarte que, así como tú eres para mí, yo soy para ti. Lo nuestro es verdadero, Sara y quiero que creas en este amor. ¡Mírame a los ojos! Y dime que tú no sientes lo mismo que yo, porque puedo verlo en tus ojos. Sé que me amas y por ti estoy dispuesta a todo.
Verás que podremos ser felices del mismo modo que lo son mi hermana Anabelle y Raniel que es tu mejor amiga. No fue casualidad que vinieras desde tan lejos para pasar de largo por mi vida.
Tú dejaste una huella en mi corazón y él te aceptó como su dueña y no estoy dispuesta a renunciar a ti ─ concluyó Francis con tal firmeza que dejo pasmada a Sara con su declaración─ ¡Convéncete de una vez que has nacido para mí!
Un segundo de silencio entre ambas y…
─ Yo no vine a repetir la historia de Rani y tu hermana, Francis ─ repuso Sara con la última reserva a cuesta.
─ No vamos a repetir su historia, mi dulce Sara ─ refutó enérgica Francis y tomando su rostro entre
sus manos, añadió. ─ Vamos a escribir nuestra propia historia.
Diferente a la de ellas porque somos distintas y únicas. Lo nuestro fue amor a
primera vista y destinado a nosotras solamente. ¡Déjate llevar Sara!
Esa súplica fue lo último que dijesen ambas, ya que
Francis, se adueñó de los labios de la joven Taffra y no le permitió que
contradijese más a su corazón. Con sus besos le demostraría que no estaban
equivocadas en lo que sentían la una por la otra. Dejando que fuesen sus
corazones que hablasen de ahora en más y de paso que sus cuerpos manifestarán
sus deseos.
Una cosa llevaría a la otra, porque Sara, fue
incapaz de refutar nada más y es que nunca vio a nadie tan convencida y
determinada a luchar por su corazón como lo estaba haciendo Francis, ni
siquiera su viejo amor luchó de ese modo y eso, hizo que su órgano diera un
brinco tan grande de alegría de saber que al fin estaba frente a su verdadero
amor. Uno capaz de luchar con todo por estar con su ser amado.
Simplemente la joven Taffra se dejó llevar por su
corazón y por los sentimientos que le entregaba Francis, no puso reparos en
corresponder con todo su ser y amor a las caricias de la joven Calguiere y no
supo cómo había dejado sus brazos alrededor del cuello de su amada y ésta
apretarla firmemente de la cintura como si quisiera que se fundieran en un solo
ser.
En muy poco tiempo las cosas comenzaron a subir la
temperatura y es que la pasión se hizo presente entre ambas y es que esas manos
muy luego, estaban traviesamente hurgando por parte más reservadas y recorrían
por debajo de sus ropas, la textura de esa piel que estaba deseosa de las
caricias de su ser amado.
Estarían embelesadas en ese mar de pasión por mucho tiempo y sólo cuando se vieron que sus intenciones les habían costado tener la blusa totalmente desabotonada en Francis y el suéter de Sara a escasos milímetros de ser arrancado del todo de su cuerpo. Fue cuando detuvieron esa entrega.
─ ¡Acompáñame princesa! ─ suplicó Francis, con voz ronca y con una respiración entre cortada. Volviendo el suéter de la joven a su lugar.
─ ¿Dónde? ─
apenas se oyó
decir a Sara, que estaba tratando de recuperar el aliento y la voz.
─ A mí alcoba ─
susurró
lascivamente Francis, cuya mirada estaba cargada de deseo por su pareja y le
trasmitió
sus intenciones de inmediato. ─ Quiero hacerte el
amor en el lugar más cómodo para nosotras dos y qué mejor que mi lecho. Mejor dicho,
la que será nuestra cama de ahora en adelante. ¿Qué dices? ¿Me acompañas
lindura?
─ Sí ─ fue la escueta
respuesta de Sara, cuyos labios quedaron atrapados por los de Francis.
─ ¡Perfecto! ─
exclamó
extasiada Francis, que no se preocupó en abrocharse su blusa, sino que jaló de su pareja hasta
casi apegarla a ella y de pronto, la cogió en brazos como si fuese una pluma y la
sacó
del balcón.
Bajaron esa escalera con una Sara aún en brazos y con nervios de que fueran a caerse, pero no sucedería, ya que la mirada que le diera Francis, le transmitió tranquilidad y puso su confianza en ella, apegando su cabeza al torso de la mujer que amaba. Sintiendo cómo latía el corazón de su amor.
Dadas las altas horas que ya eran, no encontraron a nadie en los pasillos del castillo que le condujeron a la recámara de la joven Calguiere. Francis, tenía una sonrisa que iluminaba todo su rostro y solo deseaba llegar pronto a su habitación para hacer suya a Sara y sellar con ello, su promesa de amor.
Cuando alcanzaron el dormitorio de la joven, se las arreglaron entre las dos para abrir esa puerta y cuando cruzaban el umbral del mismo, se oyó…
─ Te amo Sara Taffra ─ susurró con todo su ser Francis y con una suave voz, que expresaba ternura y devoción absoluta a la joven. ─ ¿Quieres ser mi novia?
La respuesta quedaría suspendida en el aire, dado que sería el inicio de una historia que tomaría ribetes muy hermosos como también con contrastes y altibajos a causa de terceros.
Una historia que acaba de iniciar y prometía dar muchas sorpresas como causar sentimientos encontrados y no aceptados por otros.
4 comentarios:
Me gusto aunque al final me quede con ganas de mas como cuando leo un libro y al final siento como si le faltaran hojas y uno queda como en el aire como diciendo que paso. Aunque lo de jhon me gusto queria en el momento que él se entero que francis y sara eran novias. Ese momento exacto porque el sigui cortejeando a sara. Como cuando le envio los bombones que ella no acepto y eso puso celosa a frncis, ella dijo que se iba a encargar de jhon y ahy era el punto exacto que yo queria leer que hacia francis para ponerle un alto al primo.
saludos desde Panamà de una de tus lectoras.
me gusto mucho quiero mas mas mas esta pareja si que me parece linda
Me encanto la historia, esperaré paciente la continuación de tús demás escritos.
Me encanto,espero que continues la historia de esta parejita,porque con el caracter que se traen tienen mucho para dar.un beso enorme
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